martes, 28 de junio de 2011
Ella.
Tan pequeña, tan aparentemente frágil, tan oscura y siniestra... Aunque se empeñe en mostrar su dulce cara, no puede evitar su naturaleza. Su nombre es sinónimo de muerte, y a la vez, de vida. Su empeño en negar su verdadero ser es tan desesperado que provoca una pequeña lástima en mi interior. Pero yo sé como es, al igual que sé que en el fondo de mi alma, poco a poco fluye esa pasión a través de mí, y es incontrolable. La dejaría beber de mí, tanto tiempo como quisiese, y la verdadera razón para este deseo es el anhelo de estar siempre ahí, a su lado. Es la llamarada que nunca se apagará en mí. Es el deseo de muerte.
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